La Narda
Era Carnaval y la festividad se respiraba en el aire del barrio de Tapiales. Yo, ansioso y eufórico, iba caminando cerca del cordón, acompañando a la comparsa. Este recuerdo, que he contado más de una vez, siempre lo he apropiado como mío, siempre lo he relatado igual, de memoria. Pero ahora, vuelto un poco viejo, me doy cuenta de que quizás no era tan mío como pensaba y, en realidad, era un poco de ellos, de mis viejos.
‘Ya de chiquito te ibas detrás de la comparsa llevado por la música, corrías sin miedo, no te importaba perderte y nosotros corríamos detrás tuyo’. Ese recuerdo, relatado así por mis padres, con palabras más, palabras menos, yo lo fui expandiendo, lo fui maquillando... Me endulcé con esa historia porque en las sonrisas que esbozaban cuando la decían yo leí un mensaje oculto, un mensaje que me daban implícito, y un mensaje entre líneas que manifestaban de manera inconsciente que me aceptaban, ya teniendo sospechas de que habían parido un marica que respondía su ser al llamado de la música.
En las cuadras de comparsa sobre la Avenida Vélez Sarsfield no solo caminaba y bailaba, seguía obnubilado de la Narda, la travesti del barrio. Era mi Xuxa, mi reina de los bajitos. Me deslumbraba. La Narda vivía cerca de nosotros, éramos casi vecinos y siempre pasaba por la puerta de casa. Al hacerlo, si estaba yo y alguno de mis viejos, siempre venían los comentarios donde la estigmatizan. Con esos mismos comentarios sentía que también marcaban los límites de hasta dónde podía llegar su aceptación.
Con esos comentarios, mientras más la estigmatizan, más generaban un misticismo alrededor de ella que me volvía loco. Su disrupción, su valentía por el solo hecho de pavonearse a plena luz del día en las calles de la Matanza profunda. Esa Narda era fuerza, la Narda era un animal salvaje escuchando ser quien quería ser. Muchas veces me parecía muy loco que alguien como La Narda ni siquiera debiera saber lo que significó para una persona de la cual ni siquiera sabía de su existencia.
Como casi toda travesti de esa época, no solo tenía que lidiar con las miradas segregadoras, cargar la responsabilidad de ser un icono inspirador de fantasías, a la vez de clown, y encima cargar con la proyección que le hacía yo, un pequeño marica descubriéndose.
A medida que mi cuerpo de putito iba tomando forma, los comentarios infundados con cada paso de la nada también iban cambiando. Ahora era "pobrecito, qué flaco que está, seguro es el sida, pero mira, es trabajador por se lo ve de día", "ya no se afeita". Ahora eran comentarios con unas vibras de lástima que, con los años, comprendí que eso era aún peor que los otros comentarios. Yo, en cambio, me conformé con esa lástima y me subí a ese tren. También empecé a tenerle lástima.
Ese sentimiento se amalgamó con culpa y me lo llevé puesto como un velo invisible que no me permitía que el mundo viese al puto que tenía que ser.
Los años pasaron y pude dejar ese velo. Volví al barrio para mirarlo esta vez con otros ojos. Lo primero que hice fue preguntar por la Narda, nadie sabía nada. Pasé por lo que era la puerta de su casa y estaba abandonada. Se la había tragado la tierra. La googleé y nada. Entonces hice lo que mejor se me daba: dedicarle un recuerdo inventado que lo convertí en cuento.
La Narda, cansada de las miradas juzgadoras y mediocres, se mudó con un grupo de travestis a la pensión de su amiga la Lula en San Alberto, en Isidro Casanova, cerca de la Ruta 3. Muchas de ellas trabajaban prostituyéndose y necesitaban un lugar que les quedara cerca donde correr a esconderse si así lo ameritaba. La Narda se rehusaba a trabajar en la ruta, pero cada tanto no le quedaba otra.
Una mañana, mientras todas dormían, la Narda fue al almacén de la Mirta, a pocas cuadras, para agasajar a todas con unas milanesas napolitanas con puré. Para llegar al almacén debía cruzar la canchita de fútbol detrás del colegio. Al hacerlo, le llamó la atención una figura flotando en el cielo. Ya había una pequeña multitud mirando la extraña figura que flotaba en el aire.
En la multitud, observando, estaba el padre Eladio, tres chorritos de la banda del Huevo Turco y algunos vecinos más. La hija de Cosme, el sifonero, estaba con unos binoculares. Se los pidió para ver mejor. Al mirar a la persona que flotaba, parecía una mujer de tez blanca con un traje militar de color gris y una gran capa que cubría la mitad de su cuerpo. Era como una fusión entre la profesora Tronchatoro de Matilda y Vega de Street Fighter.
Lo más extraño de todos es que, con los vecinos, concordamos en que podíamos llegar a ver la mirada de esa extraña persona, lo cual era imposible por la distancia. Pero la veíamos y la podíamos sentir; sus ojos eran rojos. Se sentían vigilados por ellas, y así la llamaron "La vigilante".
Para sumarle rareza al asunto, cuando llamaron a la policía, que ingresó al barrio para verificar qué era lo que estaba pasando: los policías no podían ver a la figura, era como si fuera invisible a sus ojos. Pasaron las horas y seguía ahí flotando. Con el tiempo, nos fuimos cansando y cada uno volvió a su casa. Tanto la Narda como los vecinos tuvieron sueños con ese cuerpo flotante que los miraba, los vigilaba.
Pasaron los días, las semanas y ahí seguía. Algunos malandrines armados disparaban al cielo, pero nada. Un dia algunas vecinas se pusieron de acuerdo para llamar al noticiero. Lo lograron, una tarde llegaron, pero todo fue en vano, la extraña mujer que flotaba sobre el barrio también eran invisibles a los ojos del periodista y las cámaras no captaron nada.
Algunas noches, la misteriosa mujer flotante que los vigilaba se les aparecía en sueños, siempre eran similares como la escena que se recreaba en los habitantes del barrio. Los suelos consisten en que la mujer se manifestaba en sus habitaciones y los miraba desde un rincón oscuro sin decir demasiado, sólo los miraba con sus ojos rojos, penetrantes.
La Narda, que tenía experiencia domando miradas, todas las noches antes de irse a dormir dejaba ofrendas para la vigilante en la esquina de la habitación donde siempre aparecía. Le dejaba comida, cartas. Tantas veces soñó con ella que empezó a darle forma a esos sueños y a tomar las riendas. Con el tiempo duraban más y podía tener unos minutos para hablarle a la vigilante, quien inmutable siempre la miraba desde un rincón.
Una noche, mientras dormía, el sueño de la Narda cambió un poco. La vigilante avanzó desde la oscuridad del rincón de su cuarto y le susurró al oído.
Un día, para sorpresa de todos en el barrio, la vigilante bajó a la canchita del barrio. Estaba esperando a La Narda, que se ofreció para irse con ella después de lo que le susurró. Resulta que la vigilante venía de un mundo paralelo, estaba estudiando nuestra dimensión para invadir, otra dimensión con una sociedad mucho más avanzada, en que por alguna razón, se habían extinguido los hombres y las mujeres se habían vuelto infértiles. La Narda le contó su secreto: el ser una mujer especial.
Esa tarde, la Narda partió con la vigilante. Fecundó a todas las mujeres de la otra dimensión con wasca todo terreno. Al tiempo, la coronaron reina y la pasearon por las calles en un altar con el pueblo bailando detrás de ella al ritmo de la música de los tambores. La Narda encontró sus días de paz y felicidad, reina domadora de todas miradas.
Con esos comentarios, mientras más la estigmatizan, más generaban un misticismo alrededor de ella que me volvía loco. Su disrupción, su valentía por el solo hecho de pavonearse a plena luz del día en las calles de la Matanza profunda. Esa Narda era fuerza, la Narda era un animal salvaje escuchando ser quien quería ser. Muchas veces me parecía muy loco que alguien como La Narda ni siquiera debiera saber lo que significó para una persona de la cual ni siquiera sabía de su existencia.
Como casi toda travesti de esa época, no solo tenía que lidiar con las miradas segregadoras, cargar la responsabilidad de ser un icono inspirador de fantasías, a la vez de clown, y encima cargar con la proyección que le hacía yo, un pequeño marica descubriéndose.
A medida que mi cuerpo de putito iba tomando forma, los comentarios infundados con cada paso de la nada también iban cambiando. Ahora era "pobrecito, qué flaco que está, seguro es el sida, pero mira, es trabajador por se lo ve de día", "ya no se afeita". Ahora eran comentarios con unas vibras de lástima que, con los años, comprendí que eso era aún peor que los otros comentarios. Yo, en cambio, me conformé con esa lástima y me subí a ese tren. También empecé a tenerle lástima.
Ese sentimiento se amalgamó con culpa y me lo llevé puesto como un velo invisible que no me permitía que el mundo viese al puto que tenía que ser.
Los años pasaron y pude dejar ese velo. Volví al barrio para mirarlo esta vez con otros ojos. Lo primero que hice fue preguntar por la Narda, nadie sabía nada. Pasé por lo que era la puerta de su casa y estaba abandonada. Se la había tragado la tierra. La googleé y nada. Entonces hice lo que mejor se me daba: dedicarle un recuerdo inventado que lo convertí en cuento.
La Narda, cansada de las miradas juzgadoras y mediocres, se mudó con un grupo de travestis a la pensión de su amiga la Lula en San Alberto, en Isidro Casanova, cerca de la Ruta 3. Muchas de ellas trabajaban prostituyéndose y necesitaban un lugar que les quedara cerca donde correr a esconderse si así lo ameritaba. La Narda se rehusaba a trabajar en la ruta, pero cada tanto no le quedaba otra.
Una mañana, mientras todas dormían, la Narda fue al almacén de la Mirta, a pocas cuadras, para agasajar a todas con unas milanesas napolitanas con puré. Para llegar al almacén debía cruzar la canchita de fútbol detrás del colegio. Al hacerlo, le llamó la atención una figura flotando en el cielo. Ya había una pequeña multitud mirando la extraña figura que flotaba en el aire.
En la multitud, observando, estaba el padre Eladio, tres chorritos de la banda del Huevo Turco y algunos vecinos más. La hija de Cosme, el sifonero, estaba con unos binoculares. Se los pidió para ver mejor. Al mirar a la persona que flotaba, parecía una mujer de tez blanca con un traje militar de color gris y una gran capa que cubría la mitad de su cuerpo. Era como una fusión entre la profesora Tronchatoro de Matilda y Vega de Street Fighter.
Lo más extraño de todos es que, con los vecinos, concordamos en que podíamos llegar a ver la mirada de esa extraña persona, lo cual era imposible por la distancia. Pero la veíamos y la podíamos sentir; sus ojos eran rojos. Se sentían vigilados por ellas, y así la llamaron "La vigilante".
Para sumarle rareza al asunto, cuando llamaron a la policía, que ingresó al barrio para verificar qué era lo que estaba pasando: los policías no podían ver a la figura, era como si fuera invisible a sus ojos. Pasaron las horas y seguía ahí flotando. Con el tiempo, nos fuimos cansando y cada uno volvió a su casa. Tanto la Narda como los vecinos tuvieron sueños con ese cuerpo flotante que los miraba, los vigilaba.
Pasaron los días, las semanas y ahí seguía. Algunos malandrines armados disparaban al cielo, pero nada. Un dia algunas vecinas se pusieron de acuerdo para llamar al noticiero. Lo lograron, una tarde llegaron, pero todo fue en vano, la extraña mujer que flotaba sobre el barrio también eran invisibles a los ojos del periodista y las cámaras no captaron nada.
Algunas noches, la misteriosa mujer flotante que los vigilaba se les aparecía en sueños, siempre eran similares como la escena que se recreaba en los habitantes del barrio. Los suelos consisten en que la mujer se manifestaba en sus habitaciones y los miraba desde un rincón oscuro sin decir demasiado, sólo los miraba con sus ojos rojos, penetrantes.
La Narda, que tenía experiencia domando miradas, todas las noches antes de irse a dormir dejaba ofrendas para la vigilante en la esquina de la habitación donde siempre aparecía. Le dejaba comida, cartas. Tantas veces soñó con ella que empezó a darle forma a esos sueños y a tomar las riendas. Con el tiempo duraban más y podía tener unos minutos para hablarle a la vigilante, quien inmutable siempre la miraba desde un rincón.
Una noche, mientras dormía, el sueño de la Narda cambió un poco. La vigilante avanzó desde la oscuridad del rincón de su cuarto y le susurró al oído.
Un día, para sorpresa de todos en el barrio, la vigilante bajó a la canchita del barrio. Estaba esperando a La Narda, que se ofreció para irse con ella después de lo que le susurró. Resulta que la vigilante venía de un mundo paralelo, estaba estudiando nuestra dimensión para invadir, otra dimensión con una sociedad mucho más avanzada, en que por alguna razón, se habían extinguido los hombres y las mujeres se habían vuelto infértiles. La Narda le contó su secreto: el ser una mujer especial.
Esa tarde, la Narda partió con la vigilante. Fecundó a todas las mujeres de la otra dimensión con wasca todo terreno. Al tiempo, la coronaron reina y la pasearon por las calles en un altar con el pueblo bailando detrás de ella al ritmo de la música de los tambores. La Narda encontró sus días de paz y felicidad, reina domadora de todas miradas.
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