El Momento

Así es, querido diario. Lo que voy a plasmar a continuación es un pensamiento que quizá no sea tan bueno. Pero debo confesarte que para mí pensar este tipo de cosas me da calma y fe, es un motor para seguir avanzando.

Estos pensamientos, que confieso son impuros y políticamente incorrectos, son como paliativos que me generan un lapsus de felicidad prolija. Hoy este texto va en primera persona. Me hago cargo de lo que escribo. Total, se que me van a olvidar. 

¿Cómo puede ser que estando este tren tan repleto de gente yo siga teniendo tanto frío? Sospecho que somos ganado yendo al matadero. No nos corre sangre, somos infelices, no vibramos y eso nos destempla. Somos incapaces de generar calor porque no hay ninguna llama ardiendo en nosotros.

Yo, una más, en el Roca con 5 grados a las 8 de la mañana y unas calzas amarillas como parte de mi uniforme. Así es, mi uniforme son calzas. En la estación de servicio nos obligan a usar calzas como parte de nuestra vestimenta. Escuché que dicen que es porque la mayoría de sus clientes son hombres: taxistas, remiseros, conductores en general. Para los dueños de la estacion siempre van a ser hombres los que carguen sus autos, no se les ocurre una mujer como cliente ideal, sino como una minoría. Y eso es lo que soy yo para ellos, una minoría. 

Seguramente al llegar a la estación el hijo de puta de mi supervisor me mande a limpiar los baños todos estallados y bardeados.
 

Todas las mañanas me pregunto: ¿Por qué? ¿Por qué me tocó esta vida de mierda de la que no tengo el control? ¿Soy yo? ¿Es el contexto de un país detonado que nunca arranca?

Al pedo me hago estas preguntas, en el fondo sé que a mi edad ya no importa demasiado. Es momento de aplicar mi paliativo, esos pensamientos impuros de los que te conté. Este método me seca las lágrimas al instante y consiste en pensar en lo mal que lo pueden estar pasando otras personas.

También el compararme, por ejemplo, está pasando un viejo que debe tener 70 y largos vendiendo chocolates, seguramente él la esté pasando peor que yo.

Si veo que no me está sirviendo la comparación, pienso en otras cosas horribles que pueden estar pasando en ese preciso momento alguna persona. Por ejemplo, quizá en este momento se encuentra una madre en el Santojanni llorando la muerte de su bebé de 3 años, fallecido por una fatalidad.

A medida que más abajo voy y más oscuros se ponen estos pensamientos, mejor me hacen sentir. 
Cerca de mí hay un chico que parece tener mi misma edad. Incluso desde acá puedo percibir su perfume medio berreta del Farmacity. Va muy bien vestido, con zapatos impecables y todo muy prolijo. Me imagino que al bajar del tren, podría ser interceptado cerca de las vías y asaltado. Lo golpearían brutalmente y, aun así, quizá no quedarían satisfechos y lo violarian dejandolo tirado con el culo roto. 

Así es, querido diario. Confieso que a menudo me encuentro pensando en las desgracias ajenas. Sé que no es correcto, pero de alguna manera me nutro y me regocijo de ellas. Es mi perverso mecanismo de supervivencia, mi forma de hacer frente a cada gélida mañana y a cada inodoro que debo limpiar, a cada frustración de no ser como la chicas de los videos de TikTok con los uñas bien largas y pronunciadas pestañas. Soy consciente de que soy adicta a alimentarme del mismo odio que me ha llevado hasta este lugar. Sin embargo, creo que, por un momento, soy capaz de encontrar cierta felicidad.

Comentarios

Entradas populares