Íncabus
Esa noche de enero, el boliche era un horno. Entre la multitud que se agitaba en la pista, una figura se acercó a mí sigilosamente, como un tigre acechando a su presa. Yo, sudado y flotando en una nube de éxtasis inducido por la pasti, estaba super sensitivo.
Sin siquiera tener un contacto visual me tomó por la cintura y sentí su respiración en mi oreja. Juro que no necesite verlo. Desde el momento en que me tocó comencé a sentir que nos estábamos convirtiendo en uno los dos.
Había mucho humo en la pista y las luces parpadeaban. Con sus manos en mi cintura, traté de girarme hacia él para verlo. Fue una fracción de segundo en que nos miramos y esbozamos una sonrisa cómplice que confirmaba que nos estábamos preparando para ser los más putos de ese antro.
Luego de nuestra mirada fugaz en la que no llegué a leer su rostro, él se giró dándome la espalda. Lo envolví con mis brazos como si fuesen frazadas. Apoyó su culo vigoroso y duro contra mi verga que no tardó mucho en ponerse bien dura.
El suave aire caliente de mi respiración aterrizaba en su cuello. Con mis manos comencé a recorrer su cuerpo. Primero su pecho, friccioné la yemas de mis dedos con sus pelitos enrulados y furtivos. Froté su piercing en la teta con la esperanza de que aparecieran 8 genios con su misma contextura para cogerme por delante y por detrás. Seguí por su adomen que estaba marcado como una plancha de ravioles de ricota, de mucha ricota.
Apoyé mi nariz en su nuca rapada y lo olí. Tenía olor a mar y a arena. Pensé que si el tiempo se pudiera oler, seguramente sería como el que emanaba él.
Seguí de viaje recorriendo su cuerpo y esta vez me concentré en sus manos, ásperas y grandes. En uno de sus dedos, tenía un gran anillo con una piedra verde. Me llamó la atención y me quedé observándolo. Parecía una vieja reliquia que desentonaba con todo su cuerpo. Las luces del boliche parpadeaban mucho más fuerte que antes y generaban un destello en el anillo incandescente que me hipnotizaba.
Luces, flashes, besos, saliva, sudor, flashes, baba, piso, popper, sudor, flashes, anillo, popper, saliva, besos. Todo mezclado, todo confuso y el tiempo licuado.
Lo próximo que recordé fue estar en la cama, en una habitación que no entendí si era la mía o la de él. No supe la hora, si era de día o de noche. "¿Por qué ahora tiene el pelo largo?", lo saludé y la sonrisa que esbozó fue distinta.
Sentí los labios secos, estaba desnudo. El olor a mar ahora era olor a agua estancada. Había ecos y murmullos en la habitación. Mi cuerpo sentí muy pesado para moverme, mis párpados eran dos persianas pesadas a las que les costaba mantenerse arriba. Tuve mucho sueño y necesité descansar. Cerré los ojos y me volví a dormir.
Desperté, pero con más cansancio. Creí que era mi casa, pero no estaba del todo seguro. No recordé que hubiera una ventana en ese lugar de la habitación, no ingresaba luz, aún era de noche. Una suave brisa revuelve las cortinas blancas y un silencio pesado se hizo presente. Fue un silencio que inquietaba, no se escuchaban autos, pájaros, gente, nada.
Estaba solo en la cama y me dolió la cabeza; me costó incorporarme. La puerta del baño estaba abierta y se escuchaba la ducha. Entré al baño pero no había nadie duchándose, el agua corría.
Salí del baño y ahí estaba él esperándome en la cama, pero ahora lucía rubio y con los ojos verdes. Me invitó extendiendo una mano y con la otra sacudiendo su pija gorda, muy grande, para que me metiera ahí con él. Lo hice, me subí a la cama, lo trepé, lo escalé, lo monté, lo enrosqué y lo jinité. Cogimos y volvimos a re coger. Entre los movimientos y revoloteos de las sábanas, él iba cambiando de forma, pero siempre seguía siendo el mismo.
Yo seguía débil y sin noción del tiempo. No sabía si era de día o de noche, si estaba vivo o muerto. Lo odiaba tanto como lo necesitaba. Por su culpa, nunca más volví a ver el sol. Estaba atrapado en esta habitación, en esa noche eterna en la que siempre se estaba alimentando un poco de mí, absorbiendo mi vitalidad.
Siguió cambiando sus formas complaciéndome. Fue un osito "daddy mega hot", fue un twink, fue un trans con conchita, hasta fue yo mismo y culeamos como nunca. Lo que nunca se fue, de todos los cuerpos en los que se transformaba, era su anillo con la piedra verde. Siempre seguía estando ahí, brillando.
Por algunos momentos, él no está y he intentado escaparme de la habitación, pero cada vez que cruzo la puerta, ingreso por la misma por la que intenté salir. En breves lapsos de memoria, en los que me encontraba despierto, también he intentado pedir ayuda gritando por la ventana. En las calles nunca hay nadie; los edificios de enfrente son iguales a este y en las ventanas de ellos me veo a mí mismo como si me estuviera mirando en un espejo. La luna está siempre en el mismo lugar y tiene un color violáceo. Sospecho que aquí no existe el tiempo y no hace ni frío ni calor. Y tampoco la muerte. ¿Acaso será el purgatorio, el infierno o solo una metáfora que no puedo leer y que alterna un poco entre todo lo que conozco?. Empecé a tenerle miedo, pero a la vez, ese miedo era lo que nos mantenía unidos a él. Estábamos conectados. Seguíamos siendo uno los dos. Una vez, en la cama, le pregunté si por favor podía liberarme, aunque fuera otorgándome la muerte. Y me dijo que eso era imposible, que llegaría el momento en que ya no pudiera beber mi vitalidad, pero que faltaba poco. Le pregunté quién era y me respondió: "Soy quien tú quieres que sea", pero puedes llamarme Incabus, dijo. Esa noche, en la que me sentía más cansado y drogado que las demás, lloré mucho. Le pregunté: "¿Por qué? ¿Por qué yo?". Me contestó que me preguntaba demasiado, que yo lo necesitaba más de lo que él a mí. En el fondo, supe que era verdad. Con las noches siguientes, dejé de llorar, de intentar huir. Con cada beso, con cada abrazo que le daba, le daba un poco de mi energía. Estoy cansado. Un par de besos más y a dormir.
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