Iker

Todo entre nosotros era ligero y sensual. Éramos muy conscientes de que no éramos como la mayoría de los chicos de nuestra corta edad. Éramos inteligentes y sensoriales, y en la comunidad que nos crió, apartada del resto de la sociedad, se encargaron, toda nuestra vida, de decirnos lo especial que éramos.

Todos los terceros miércoles del mes, en nuestra religión, es el día de la celebración Shevrat, que consiste en afeitar las cabezas de todos los niños que habitamos la casa. La realidad es que a nosotros cuatro nos molestaba bastante que nos dejen calvos y nuestros descontentos eran tomados como actos de rebeldía. Eramos las ovejas negras del rebaño.

Teníamos una relación bastante conflictiva con nuestros preceptores. La realidad es que no nos llevabamos en absoluto, había una guerra fría declarada. Cuando llega el miércoles de Shevrat, ellos están contentos y se quedan bebiendo hasta tarde por habernos infligido semejante invasión a nuestros cuerpos adolescentes.

Uno de esos miércoles, aprovechando sus sueños profundos después de tantas botellas de alcohol, nos escapamos sigilosamente por el bosque en una noche de tormenta. Nos dirigimos a la casa de uno de nosotros que recordaba haberla habitado de niño con sus padres biológicos. La casa no quedaba muy lejos y estábamos seguros de que seguramente estaba ya deshabitada. Así fue, estaba vacía. Llegamos empapados. Prendimos la chimenea y antes de comenzar el ritual decidimos quedarnos secándonos junto al fuego. Aprovechamos ese momento para fumarnos un rico porro y conectar entre nosotros.

Abrimos nuestros bolsos y valijas y cada uno sacó los materiales que llevó para darle vida a Iker. Si, ya teníamos el nombre decidido, se conformaba por la primera letra de nuestros nombres.

Después de dos horas de estar armando a Iker ya lo teniamos listo. Las palmas de las manos eran raquetas de ping pong. Los dedos eran ruleros . Los brazos eran tubos de pvc y su rostro era una máscara blanca uniforme, sin sexo. 

Hicimos su verga con un pepino y su culo era una torta de membrillo. Nos pusimos en círculo alrededor de nuestra creación de metro sesenta y comenzamos nuestra oración: "Debra, Hestjra, ritjem, onoris". lo repetimos 666 veces, pero nada pasaba. Iker no despertaba.

Aunque estábamos un poco desanimados, no nos rendimos. Decimos no esperar a que despierte. Era nuestra última oportunidad para conseguir lo que tanto ansiábamos. Así que, sin dudarlo, decidimos empezar la ceremonia de iniciación como habíamos planeado.

Nos quitamos la ropa y comenzamos a penetrar la cola de pastel de Iker, lo penetrabamos con tanta fuerza que el relleno de  membrillo salpicó las paredes, los trozos cayeron al suelo y lo desparrabamos con nuestras pisadas. Chupabamos el pepino de Iker hasta llevarlo bien al fondo de nuestras gargantas, hasta que nos provocaba arcadas.

Cuando la torta de membrillo quedaba destruida la reemplazabamos por otras tortas que habíamos llevado e  íbamos alternando los sabores. Lo mismo con su pene, lo íbamos alternando y podía pasar a ser reemplazado por otro pepino en mejor estado por una zanahoria o una berenjena, dependiendo la capacidad de cada uno. Después de un largo rato terminamos, acabados y acabadas, extasiadas y wasqueadas de membrillo.

Seguía  lloviendo a cantaros. Decimos salir al porche a fumar en silencio y contemplar la lluvia. A los pocos minutos escuchamos a alguién llorar que provenia de la casa. Ingresamos y era Iker en pose fetal sobre el piso en una esquina de la habitación.



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