MEMEKO

Memeko es el fantasma de un viejo sabio que perteneció a la civilización sumeria. Era amante de toda leyenda, cuento o relato que estuviese siempre repleto de metáforas. Tenía devoción por todas las historias que, al narrarlas a las generaciones más jóvenes de su pueblo, le sirvieran para dejar una enseñanza.

Si el relato con metáfora que él necesitaba para su enseñanza no existía, o no lo conocía, eso no era problema. Él lo creaba y lo narraba. Con sus entonaciones los moldeaba, con sus pausas los acariciaba. Memeko les daba ritmo, les daba vida, les ponía pasión y les ponía amor a cada uno de sus relatos.

Luego de su muerte, de la que nadie sabe demasiado, ni él mismo, su alma quedó atrapada en nuestro plano. Lleva ya tanto tiempo siendo fantasma que se olvidó quién es, de dónde viene y hasta cuál es su verdadero nombre. Lleva tanto tiempo siendo fantasma que se le fue erosionando la forma de su cuerpo. Y ahora, desde hace unos cuantos miles de años, solo es una nube de color violeta imperceptible para el ojo humano.

En sus primeros siglos como fantasma, Memeko vagaba sin rumbo, impregnándose a los objetos, sin encontrarle un sentido a su no vida. Solo era testigo de cómo se inscribía la historia de la humanidad.

Para su suerte, con el pasar de los milenios, Memeko evolucionó y aprendió a poder viajar de persona en persona. No es que pudiese poseer un cuerpo humano, sino que obtuvo la habilidad de habitar sus historias, sus relatos. Podía vivir dentro de las narraciones de los seres humanos, en sus cuentos y en sus diégesis.

Memeko vivió dentro de las historias de grandes escritores y escritoras que la mayoría de las veces nunca llegaron a ser conocidos por sus habilidades de narrar.

Gran parte de su no vida vivió en Bélgica en los relatos de una joven modista llamada Eliane. Es allí, de uno de los relatos de ella, que se adoptó el nombre de Memeko. El sustantivo que optó para autopercibirse pertenecía al perro del protagonista de un cuento de la muchacha. El cuento narraba la historia de un joven niño coreano que cruzaba su país huyendo de los bélicos escenarios que le proporcionaba la guerra de la invasión japonesa.

Tras la muerte de Eliane, Memeko decidió comenzar a viajar por el mundo. Es así como comenzó a viajar de país en país, de continente en continente. Hace unos años ya que se radicó en nuestro país, Argentina, viajando de persona en persona.

Hace unas semanas, Sol, nuestra compañera del taller de escritura, conoció en una disco porteña a una chica llamada Tania. Ellas se sedujeron, bailaron, se lanzaron miradas cómplices y, obviamente, como en toda conquista, se hablaron mucho.

Tania le contó a Sol, a modo de relato, de qué trataba el guión que había escrito para su tesis, y Sol le leyó uno de sus poemas más bellos. Es así como Memeko, que venía viviendo en Tania, decidió pasarse a habitar los relatos de Sol.

Memeko disfrutó mucho de las poesías y cuentos de Sol. Todos hablaban de amor, de un amor impulsivo, fresco, joven, repleto de modernidad. En ellos podía vivir y sentir lo que era enamorarse por primera vez, una y otra vez.

Es así como Memeko conoció nuestro taller de literatura "Salvavidas Poetik". Salió del relato de Sol y se quedó extasiado en esta habitación, saltando de libro en libro, de relato en relato.

Ahora Memeko vive en esta aula de la librería Mandrágora de Villa Crespo y espera con ansias cada martes a las 19 h, cuando comienzan nuestras clases, para sumergirse en cada uno de nuestros relatos y vivirlos en primera persona.

Puede vivir la inocente mirada de la niñez en temas que nos hacen crecer de golpe, desde la perspectiva de Jero. Puede regocijarse sin temor a perderse en la psicodelia que proponen los relatos de Violeta. Puede también ponerse serio y vivir en la profundidad de los temas que aborda Andy, transmutar su cuerpo en las historias de Marianne, vivir el postapocalipsis adolescente de Alfonsina. Y en los momentos de frío puede entibiarse con la calidez de los cuentos de Mile.

Como frutilla del postre, tiene cuentos relatados por Juli y Almu, de autores y autoras que, sin saberlo, le ganaron a la inmortalidad y resuenan en nuestras cabezas, en nuestros escritos. Así como Memeko, los relatos que nos leen las chicas que coordinan nuestros encuentros, perduran, viajan, viven y se reescriben en quienes los escuchamos.

Nombré a varias personas que conformamos el taller, pero acá también estoy yo, Matías. En esta habitación del taller de escritura de la librería Mandrágora de Villa Crespo, esquina Vera y Juan B. Justo. Acá estoy, sujetándome de este Salvavidas Poético, imaginándome a Memeko en esta habitación, flotando al lado mío y susurrándome al oído este cuento.

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