LA INCOMODIDAD DE LOS INCÓMODOS

Me arde un poco el culo, pero creo que es normal. Estoy en la cola de migraciones esperando para pasar y me río conmigo mismo, porque estoy haciendo una cola literal. La mía.

Hasta donde me dio tope mi mano derecha, me metí en el culo, bien profundo, un forro, y dentro de él, varias cápsulas de una droga nueva llamada Turvadixona Dúo.

La Turva, como la llamamos cariñosamente, es una droga de diseño psicodélico que propone un viaje espectacular. Es una obra de arte que va a marcar un antes y un después. Seguramente, en poco tiempo, se convierta en la reina de los antros. Tenemos al Papa, al Diego, a Fangio, a Messi y ahora a La Capricho, creadora de esta droga maravillosa y única en el mundo que va a revolucionar todo.

Les cuento rápidamente el procedimiento. Llegué al aeropuerto en ayuno, con el estómago vacío, porque si tenés ganas de cagar, fuiste. Check. Lo hice. Fui directo al baño. Llevaba una botellita de Villavicencio que no tenía agua adentro; contenía un lubricante para fisting llamado "la baba del diablo". Abrí el bolso, me puse un guante de látex, busqué el forro que estaba escondido dentro de un par de medias bordó, lo saqué con cuidado. Lompas abajo, subí una pierna al inodoro y me unté la cola con la baba. Lo que sigue después no me costó demasiado porque, debo admitir, tengo el culo bastante entrenado. Respiré y tuki, al fondo. Una vez hecho todo, tiré la botella, el par de medias, todo al tacho. Pasaporte y pasaje en mano, me vine para acá, pasando sin problemas las primeras puertas de embarque.

Perdonen si voy, vengo y cambio de tema, es que me sigue ardiendo el orto, ahora un poco más que antes, pero creo que es normal. ¡Hace mucho calor acá! ¿Yo solo siento tanto calor? ¿Habré hecho algo mal en el procedimiento? ¿Seguirá intacto el forro que me colé o se estará filtrando? No me tengo que enroscar, si me pongo muy nervioso, quizás algún poli sospeche.

"Ssst sst, Chelo", escucho bajito y a lo lejos. Alguien me está llamando. Me doy vuelta, pero no veo a nadie, solo dos viejos chetos con cara de rancios, que tienen un perro chiquitito en brazos que parece un murciélago. Les sonrío careteándola porque no quiero levantar sospecha. La vieja tiene una cara de bragueta terrible. Esa cara juzgadora y altanera ya la conozco. No lo vas a lograr, tu mirada no me incomoda.

Es por eso que, para estar cómodo dentro de la incomodidad de este viaje, de estas miradas, me compré una buena pilcha, todo de marca. Seguí todas las indicaciones que me dieron: viajo ligero y solo llevo un bolso de mano con algunas mudas de ropa, cosas de higiene, pero siempre llevando lo más importante de todo, una biblia.

Así viajo, con mi cabeza llena de miedo, el corazón repleto de anhelos y en el orto drogas, y muchas preguntas de cómo va a terminar esto.

Lo más liviano de todo, lo que menos me cuesta cargar, es mi fe. Es lo más fácil y frágil de llevar, que dentro contiene mi creencia y mis ganas de empezar una nueva vida. Todo está condensado en esa Biblia que me regaló La Capricho en la cárcel. Es ahí, en ese obsequio hermoso, donde debo concentrarme para evadir mis miedos.

Les puedo asegurar que no es una biblia como cualquier otra, es la biblia más hermosa que pueden llegar a ver en sus vidas. Su papel tiene una mezcla de olores, entre viejo y a porro, de las veces que la usaron como soporte para picar. Muchas de sus hojas tienen intervenciones hechas por La Capricho en las que plasmó casi todos sus pensamientos: poemas, cuentos, preocupaciones y acusaciones.

Cuando La Capricho me encomendó esta misión regalándome la biblia, me dijo que en la última hoja dejó algo anotado para mí, pero debía leerlo solo cuando llegara a destino. No antes. Como le tengo mucha confianza, voy a respetar y obedecerla porque sé lo importante que era para ella esa biblia y todas las enseñanzas que me transmitió y me apropié. En ese libro, que es mi guía espiritual, hay toda una religión y lo más importante es el legado de La Capricho.

La religión llamada Pente Sauces, que se plasma en cada uno de sus pasajes, me dio las herramientas para dejar de consumir y no delinquir, o al menos no tanto, no ser tan bardero.

¡Pero la puta madre! Acabo de escuchar la misma voz. Esta vez me susurró "Chelo, acá abajo". ¿Entendí bien? ¿De dónde viene? Es imposible. Me resulta tan familiar. Me estoy volviendo loco y este calor que no para. Me chorrea agua por todo el cuerpo, tengo las rodillas transpiradas, se me pega el pantalón y la camisa. ¿Me parece a mí o soy el único que está sudando tanto?

En fin, como les contaba, cuando entré a la cárcel de Olmos estaba re blandito, regalado. La Capri enseguida me salvó tomándome de mascota. Me llevó a su celda en la que estaba con toda su banda, llamada "Los Susanos". El nombre proviene porque La Capricho, apodo que le surgió en Olmos, antes se hacía llamar Susana por su fanatismo hacia la reina de los teléfonos. En el pabellón de Los Susanos todos tenían una cama, menos yo; me hacía dormir en el piso, en una esquina. A La Capricho se le paraba la pijiconcha cada vez que me veía, jovencito blanquito que no entendía cómo, por ser semejante boludo, terminó ahí adentro. Me sometió. Me llenó de besos con los que me raspaba con su barba y varias noches me penetró bien duro. Quizás todo tenía una razón de ser: entrenarme el culito para lo que vendría. Al principio estaba enojado y le entregaba solo para estar a salvo porque entendía que era ella la que mandaba ahí adentro. Al poco tiempo descubrí que no solo controlaba todo el penal de Olmos, sino que también movía mucho en el afuera. Su apodo en la cárcel surge porque capricho que se le ocurría, capricho que se le debía cumplir.

Con el pasar del tiempo, y muy de a poco, empecé a ganarme su confianza: peinaba sus pelucas, la afeitaba, le contorneaba las cejas. A veces me pedía que se las pinte. "Dejalas bien anchas como Beatriz Salomón", decía. Con el tiempo ella fue todo para mí. Fue mi ama, fue mi amigo, fue mi macha, fue mi madre. Nos hicimos íntimos y pasé a ser uno de los Susanos intocables en Olmos. Fui su monaguillo, su súbdito más fiel, que peregrinaba en los pabellones la palabra de Pente Sauces, una religión joven y fresca que nació en los pasillos de las cárceles en boca de quien fue la madre traba mostra de La Capricho, llamada La Azu, por su fanatismo con las Azúcar Moreno.

Por tantos años de amor, de amistad y lealtad, es que La Capricho decidió que sea yo quien, al salir de la cárcel, se encargue de llevar La Turva con destino a Curazao. Allá la van a recibir unos holandeses que se encargan del resto. Prueban la mercadería y, si les copa, les vendemos la receta.

Por suerte, mi labor termina ahí. Me dan un primer pago de 60 mil euros, que por decisión de la Capri son solo para mí. Con su último capricho, me regaló poder empezar una nueva vida, lejos de acá. Digo último, porque justo a los pocos días de que salí, hubo un motín dentro del penal y la banda del Mesías, que en el último tiempo cobró mucha fuerza, se cargó a La Capricho y a todos los Susanos. Como muestra de su poder, le cortaron la cabeza a la Capri y la agitaron en el medio del patio para que la historia se propague. Nunca se supo qué hicieron con la cabeza porque no apareció. Algunos dicen que el líder de los Mesías se la envió al Negro Menoyo, el representante de la banda de los Susanos afuera.

¡Ay, arde! El ardor en el culo me está matando. La hilera de gente está avanzando, ya queda menos, estoy a solo cinco personas de pasar. Ahora sí me entraron los nervios. Estoy sudando frío. Hasta me siento un poco mareado. Ahora no son solo los viejos rancios de atrás mío los que siento que miran como el ojete, sino todo el aeropuerto. Basta, Chelo, mejor practica varias maneras de pronunciar Curazao. Que suene canchero, Carazaaoo, o más brasuca, eu voi a Curazaoooo. ¿Y si es peor? ¿Si me sacan la ficha? Basta, Chelo. Pensá en otra cosa. Pensá en la biblia de los Pente Sauces. Pensá en esa última hoja donde La Capri dejó algo anotado para vos, y que te hizo prometer que solo lo vas a leer cuando llegues a destino.

Algo me toca los tobillos; es la vieja chota de atrás que me toca con su valija con rueditas para que avance. Quedan tres personas delante mío. Avanzo unos metros y a cada paso siento un punzón terrible en el orto. Al cuarto paso consecutivo, me siento como un juguito caliente que fluye colina abajo. Aprieto fuerte las nalgas para retenerlo. Siento que el piso se mueve y que las luces están más fuertes. Siento agudizados mis sentidos, puedo escuchar todos los sonidos del aeropuerto. Las ruedas de las valijas, pasos, pendejos llorando, celulares, el golpe de los sellos en los pasaportes, los polis hablando con handy; hasta podía escuchar la estática moviéndose en los tubos de luz del techo. Puedo escucharlo todo y al mismo tiempo.

Quedan dos personas, avanzo dos pasos y siento un fuego en el orto, como un pedo ácido. ¡Qué dolorrrr! Siento un ardor en mi culo que me sube hasta la cabeza. Creo que algo no anda bien, creo que algo salió mal en el procedimiento. "Chelooo, Chelooo", de nuevo la misma voz llamándome, esta vez suena fuerte y claro… proviene de mi bolso de mano.

Queda una persona delante mío. Mi bolso comienza a moverse. Lo apoyo en el piso y lo abro. Para mi gran sorpresa, dentro de él está la cabeza de La Capricho que me mira con su peor cara de culo. Con su voz rota por el Termidor y el pucho, dice: "Al fin, Chelito, me estaba ahogando acá adentro. Escúchame con atención, vos tranquilo que va a estar todo bien".

No podía creer lo que estaba pasando, todo ese ardor que partía de mi culo a todo mi cuerpo se convirtió en una sensación de bienestar. No entiendo bien por qué, pero ya nada me importaba demasiado. Me dejé llevar. ¿Qué hago? le dije. “Caminá que te toca”. Me doy vuelta para ver dónde estaban los viejos; quería saber si estaban viendo esta situación. Pero no, estaban ocupados tratando de bajar a su perro con alas de murciélago de una de las columnas. “Adelante el próximo”, dice uno de los polis que vestía una túnica a bordo. ¿Por qué viste de túnica? Me hace acordar mucho al patrono de Pente Sauce. Al pasar a la cabina de migraciones, me da una palmada y me dice: “Todo va a estar bien”. Al llegar al box de migraciones, la que me atiende es una mujer muy parecida a La Capri. Lleva lentes negros y una peluca rubia, como la que Capri amaba usar porque le recordaba a Susana Giménez cuando arrancó en canal 7.

Le doy mi pasaporte ante su petición, lo abre y lo revisa. La mujer me mira y me dice: “Qué lindo el amor, solo por esto te merecés el mejor de los viajes”. Se desabrocha uno de los botones de su camisa y pela una teta enorme, muy enorme. La pasa por tinta y la usa para sellarme el pasaporte. Quiero decirle gracias, pero me cuesta pronunciar: gaaziass, gaziaas. Tengo la boca dormida. Sigo avanzando, paso por el escáner y me hacen detener; me dicen que observan algo. Me muestran la foto de mi cuerpo y se ve un bebé con un pucho. No me dejan ni explicarme que me hacen continuar. De la cinta sale mi bolso. La cabeza de la Capri... ¿en qué momento se las di? ¿Cómo me descuidé? Dos versiones enanas de Paul Walker y Vin Diesel, de Rápido y Furioso, vestidos de policía, me traen la cabeza de la Capri con una nueva peluca peinada y pintada. La ponen en el bolso y me dicen que avance tranquilo: “Todo está bien, pero que cuide semejante reliquia”. Avanzo contento, todo va bien, cruzo la pasarela. El cielo de Ezeiza está naranja, hermoso. Parece una pintura. El avión al que me estoy subiendo tiene su nombre al costado: CHEVALLIER. ¿Pero no era de micros? Subo, me siento y en minutos, nos avisan que llegamos. Nos hacen salir por una puerta trasera del avión que da directamente a la isla, a Curazao.

Estoy cerca del mar, lo primero que quiero hacer acá es mojarme los pies en el agua cristalina. Llego al agua, meto los pies, pero está media viscosa, es de un color medio violáceo. ¿El agua del Caribe es así? Tengo puesta otra ropa, visto pantalón y camisa de seda color marfil. Me doy cuenta de que no llevo nada en mis manos, no tengo mi bolso de viaje. Al girarme, viene flotando hacia mí la cabeza de La Capricho. En su boca, sosteniéndola con los dientes, lleva la biblia de Pente Sauces. Me la da. “Estamos, queda muy poco, todo va a estar bien”, me dice. Comienza a llorar como un perrito y saca su lengua. Meto mi mano en el bolsillo y saco unas pastillas de Turva y las pongo en su lengua. Siento un tirón de la botamanga del pantalón; es el perrito murciélago de los viejos, que juega alrededor mío. Por encima mío pasa una turba de pájaros que tienen la forma de la vieja cara de bragueta. Gritaban como cotorras: “¡Viva la libertad, viva la libertad!”. Saco los pies del agua viscosa y noto que la arena es rara, es marrón pero parece ser azúcar mascabo. Está muy caliente, siento cómo me quema los pies. Una sensación muy parecida a la que tenía en el culo, pero esta es mucho más intensa y dolorosa. Corro por la arena hasta que el dolor me vence y caigo arrodillado. Comienzo a hundirme en la arena, ya casi tapa mi rostro. El perrito murciélago se me acerca, me echa un meo en la cara y se ríe. Logro sacar una de las manos, con la que llevo la biblia le meto un golpazo y sale volando. Y ahí, en ese último segundo antes de la oscuridad total y hundirme completo, recuerdo la última hoja de la biblia. Siento la muerte abrazándome, debo leer. Voy al apartado que me dejó la Capri y leo: “ Te quería dejar espacio para que escribieras tu propia historia pero no quedó lugar”.


Comentarios

Entradas populares