EL CUERPERIO

PARTE 1: EL ENCUENTRO

Tres chicas jóvenes con los torsos desnudos bailan sobre un escenario tratando de encontrar algún tipo de sincronización en su danza. De fondo suena una especie de música tribal que va en aumento y alcanza su clímax con un fuerte estruendo.

Al terminar la danza, quedan paradas en hilera, una al lado de la otra, de cara a un público que aún no habita las sillas de la sala. Quedan con la mirada perdida en un punto de fuga que se pierde entre los reflectores. Dos de las chicas, las de los extremos, comienzan a decir sus textos. Lo recitan con una fuerte impronta, sin errores y de corrido. Llega el momento de que Julia, la joven que está en el medio, recite su parte.

“Yacen aquí los restos de una mujer... Yace los restos de una mujer que anhela”. Julia se detiene, no puede recordar la letra. “Perdón, no puedo, tengo la cabeza en blanco”, dice Julia y comienza a llorar. El director le empieza a tirar texto, pero de nada sirve; Julia no puede concentrarse y se retira corriendo del escenario.

Un rato después, mientras ella y sus compañeras se cambian, un silencio pesado recorre todo el camarín. Una de sus compañeras le pregunta si se encuentra bien, si hay algo que la está perturbando. Como si nada hubiera pasado, inmutable y sin dar demasiadas explicaciones, Julia toma sus cosas y dice: “Sí, María, tranquila. Disculpen, pero me voy apurada que pierdo el último subte”.

Al salir del ensayo, con una noche fría que la acompaña y calles desoladas, emprende camino a la parada de subte. Mientras camina, toma su celular y comienza a textear, poniéndose al día con los mensajes. Siente que alguien la sigue, que desde la distancia la observan. Es como si se le hubiera activado una especie de sexto sentido, como si fuese una presa a punto de ser atacada por algún depredador. Esa rara sensación la mantuvo alerta todo el viaje en el subte.

Recorrió con su mirada a todos los pasajeros del vagón, que eran pocos, nada demasiado raro. Algún que otro roto hablando solo, gente colgada con sus auriculares, otros durmiendo, algunas leyendo, amigas cotorreando. Lo que sí le llama la atención es un joven a unos cuantos asientos que la miraba. Cuando le devuelve la mirada, el joven la desvía. Le pareció un poco alarmante, pero no se quiso enroscar. Seguramente estaba sugestionada por el personaje que estaba interpretando en la obra.

Pensaba que quizás su estado de alerta e insanidad mental era por sus miedos e inseguridades de no estar a la altura de sus compañeras actrices, de perder su oportunidad como actriz, de no brillar, de desaparecer. El altavoz anuncia la estación Juramento. Julia se baja.

Al llegar a la parada del bondi, la espera una hilera bastante extensa de personas que esperan el 63. Pasan unos minutos y más personas se suman a la cola detrás de ella. Vuelve a sentir esa mirada punzante en su nuca. Se gira y unas cuantas personas más atrás está él mismo, el joven del subte. Ahora lo tiene mucho más cerca, puede ver su rostro. Tiene una mirada triste, vacía. La sensación que la invade es rara, no es miedo, es más bien extrañamiento. Al hacer contacto visual con el joven, siente una nostalgia que es tan fuerte y pesada que le oprime el pecho.

La fila comienza a avanzar, apareció el 63. Como puede, sobre su hombro y con carpa, trata de ver una vez más al pibe. Otro click en su cabeza: se da cuenta que también le resulta muy familiar. “Hasta Lomas del Mirador, porfa”, le dice al chofer. Encara para el fondo del bondi, donde quedan algunos asientos libres, y piensa: “Ojalá que no haya escuchado hasta dónde viajo. Son dos horas acá arriba y siempre soy la última en bajar”.

Julia se sienta en una hilera de dos porque no quedan muchos lugares libres. Por temor, sin querer hacer ningún tipo de contacto visual, lleva su mirada a través de la ventana, buscando con qué distraerse. Alguien se sienta a su lado y se le crispan los pelos del antebrazo. ¡Sí! Es el joven misterioso. Julia sigue negando la mirada y hace foco en el reflejo que le proporciona el vidrio de la ventana. Su táctica consiste en ver qué hace el chabón sin tener que mirarlo.

Él, insistente, no deja de mirarla. “Bueno, basta”, piensa ella, decidida a ser quien termine con tanto cuento. Se gira para preguntarle si se conocían. El joven se adelanta y le dice: “Hola, Julia”.

Ella se queda recalculando y enseguida se tranquiliza al pensar que seguramente se conocían y no lo recordaba. La voz del joven le resultaba muy cálida y amigable, pero a la vez no podía desprenderse de esa sensación de tristeza que emanaba. Era como si la pudiera respirar. Quizás era eso lo que la mantuvo alerta todo este tiempo. Ya no era temor lo que sentía, pero sí entendía que algo no estaba bien con ese pibe.

Él, pálido, delgado, debería medir un poco más de metro setenta. Pelo castaño oscuro y algunos rulos débiles que se pronunciaban temerosos, como toda su actitud corporal. Viste un jean negro, remerita gris y una camperita de algodón negra con capucha. Ahora que lo mira bien, le da más lástima que otra cosa. Lo puede tumbar de solo soplarlo.

Con los ojos llorosos y mirándola, saca del bolsillo de su campera un sobre y lo deja sobre la pierna de Julia. Le dice: “Seguramente no me recuerdes, pero yo sí a vos. No hace mucho tiempo, fuimos muy buenos amigos. Nada de lo que te diga ahora va a tener sentido. Me voy a bajar en la próxima parada. Solo te pido, porfa, que leas esta carta una vez que me baje, no después, porque quizás cuando llegues a tu casa ya sea tarde”.

Y así fue como el joven cumplió su palabra. Ni bien terminó de hablar, se levantó y se bajó. Julia, inmutada, nunca lo interrumpió ni reaccionó a responderle. No pudo hablarle, todo le parecía tan irreal que quedó muda. Mira la carta sobre su regazo, que tiene un título: “El Cuerperio”.

Con todo lo dicho por el joven resonando en su cabeza, sin dudarlo, sin preguntarse demasiado, comenzó a leerla.

PARTE 2: YAIR

Querida amiga, me llamo Yair y soy tu mejor amigo. Hasta hace muy pocos días estuvimos en mi casa estallándonos de risa. Seguramente no me recuerdes y en esta carta te voy a explicar por qué. Yo pensaba que tenía historia, un presente y un futuro armado de piezas de Lego, donde cada una de esas piezas era un sueño, un anhelo. Como por ejemplo, poder consagrarme como actor, filmar una peli, viajar por festivales internacionales y bailar en el Colón. Hasta una de esas piezas, uno de esos sueños era compartido con vos. Hacer una obra de teatro under juntos y romperla toda.

Lamentablemente, tengo que decirte que hoy llevo una maldición a cuestas que me está consumiendo, y a ese castillo hermoso construido de piezas de Lego, de sueños que veía cerca, esta maldición se encargó de tirarlo a la mierda, de destruirlo.

Quizás suene difícil de creer que no es una metáfora. Llevo conmigo una maldición literal, tiene forma y pesa, y mucho. Provoca que toda mi vida, mis clases de teatro, todas las risas, toda mi cotidianidad se me escurra entre los dedos de las manos como agua. Estuve investigando bastante y hasta pude enterarme el nombre de la maldición: se llama CUERPERIO.

Es una maldición que muy poca gente conoce, pero que ya se ha consumido a muchas personas. Es una entidad que elige un poco al azar, es una entidad amorfa semi-oscura que llevo sentada sobre mis hombros. Pesa muy poco y es imperceptible al ojo humano. Sus manos las apoya en mis oídos, y desde las palmas se le abren unos orificios por donde puede absorber toda la información necesaria de mí. Absorbe mis recuerdos, mis sentimientos, hasta puede recurrir a recuerdos que llevaban escondidos mucho tiempo en mi inconsciente. Con dos dientes muy finitos, tan finos que parecen hilos, muerde y perfora mi cabeza lentamente. Absorbe mi aura, mi vitalidad, me va chupando como si fuera un juguito Baggio.

Amiga, yo sé que siempre amé ser popular, el objeto de las miradas, pero lo que logró el Cuerperio en mí es que hoy ya no haya miradas… y es más, que ni siquiera yo sea un objeto. Todos han comenzado a olvidarme, no me recuerdan, nadie se acuerda de mi existencia. Es el Cuerperio que se alimenta de todo eso. Comenzó de manera paulatina y fue en aumento con el pasar de los días. Así es como se alimenta, borrando todo rastro de mi paso por este mundo. El primero en desconocerme fue mi gato Batato, que me bardeaba todo el tiempo. Me arañaba y se escondía de mí.

Después empecé a buscar unos escritos viejos, apuntes que necesitaba, y todo lo que estaba escrito por mí ya no existía. Todo lo que escribo desaparece en un periodo de 24 horas. Ahora mis escritos duran solo un par de horas como mucho. En cada foto que aparezco, quedaron lugares vacíos. Mi DNI quedó en blanco, mis redes sociales ya no existen, mis cuentas bancarias, mis correos electrónicos, mi celu, todos mis usuarios, mis contraseñas, todo lo fue haciendo desaparecer. El Cuerperio me quiere robar hasta la posibilidad de ser un recuerdo. Yo que amo la inmortalidad. Por eso quiero ser artista, amiga, lo hablamos un día, ¿te acordás? Ojalá que sí.

Creo que estoy en los últimos días, me siento muy débil. Ya no puedo ni ingresar a mi propio departamento, no funciona mi juego de llaves. No me reconoce ni el vecino ni el portero, muchos menos los de la inmobiliaria, que ya me desconocen desde antes. Hace unos días visité a mi familia en el club Los Amigos. Estaban celebrando el baby shower del primer hijo varón que estaba por parir mi hermana, tan poco esperado era el pobre que aún no tenía ni nombre. Algo tiene que quedar, me rehúso a desaparecer.

Ingresé al predio como pude y fui directo a buscar a mi familia. Mis sobrinos asustados huían de mí. Me echaron a las patadas: “Loco de mierda, salí de acá o llamamos a la policía”, me gritaba mi propia madre. ¿Pero qué carajos estaba pasando?

Amiga, no tratemos de entender todo esto, ya no importa, solo tratemos de resolverlo. Hoy a la tarde, ya desesperado, sin saber qué hacer, recurrí una vez más al amor de madre. Si lo intento, si nos esforzamos un poco, ella me va a recordar. Fui hasta su casa en provincia, golpeé la puerta, golpeé la puerta de esa casa de Tapiales que alguna vez fue mi casa también. La golpeé más fuerte que nunca. Mi madre, que ya tiene el paso lento, habrá tardado unos minutos en llegar. Cuando abrió, yo ya no estaba, me convertí en ausencia, en una brisa que le acarició el rostro y la estremeció, poniendo su piel como gallina.

Mi madre cerró confundida al ver que no había nadie. Volvió al living, donde la estaba esperando mi hermana. Siguieron tomando su té de las 17 horas y continuando la conversación que llevaban antes de mi interrupción. Ya siendo olvidado, sin un cuerpo que me contenga, me infiltré en la casa con ellas. Mi hermana, ahora hija única, le pregunta a mi mamá: “¿Bueno, cómo decís que llamemos a tu nietito?” Mi madre se tomó unos minutos en contestar, un poco angustiada o más bien nostálgica sin entender muy bien por qué, le respondió: “Yair, ponéle Yair”. Yair, amiga, como yo.

PARTE 3: AQUÍ YACE UNA MUJER

Julia, mi hermosa amiga Julia. Te preguntarás si dejé de existir cómo es que pude escribir esta carta. La respuesta es que ahora soy otra cosa, algo que aún no vas a entender hasta que lo vivas por vos misma. Ahora yo también me he convertido en el Cuerperio. He transmutado. Esta carta se está escribiendo a medida que la lees. Solamente vos, Julia, podés verme y leerla. Eso se debe a que fuiste elegida para ser la próxima. Necesito de vos, amiga. Necesito alimentarme y saciar esta hambre incontrolable que me genera dolor. De ahora en adelante, aunque no me veas, vamos a estar más juntos que antes.

Desde el momento en que hicimos contacto visual y aceptaste mi ofrenda, esta carta, me he impregnado en vos, pasándote la maldición. Ahora estoy sentado sobre tus hombros, perforándote la cabeza con mis dientes finitos como hilos. Cuando lleguemos al final, te prometo que todo va a tener claridad. Prometo tomar de tu juguito Baggio muy lento, degustar y disfrutar de vos. Cuando llegue a la última gota de tu esencia, se van a mezclar tus recuerdos con los míos, con los de nuestros Cuerperios antecesores y crearemos recuerdos nuevos. Ya no quedará más de YAIR y cuando vos se lo pases a alguien más, serás libre de Julia. Vamos en camino a algo muy parecido a la eternidad.

Julia cierra la carta, está como en shock, no puede terminar de creer todo lo que acaba de suceder: el joven que la siguió, la carta. Más allá de que lo que se plasma en esas hojas sea real o no, está extasiada con todo ese contenido. Estaba estremecida, extasiada, con adrenalina. Ese miedo ante la posibilidad de dejar de existir la hizo sentirse viva. Sintió sus hombros pesados y se los masajeó un poco. Piensa si quizás es porque tiene sentado encima a Yair.

Julia piensa por unos segundos en guardarse la carta y volver a revisar más tarde para comprobar si las palabras se han borrado. Pero decidió dejar esa adrenalina para ella. Abre la ventana del bondi y tira la carta. Sus ojos se llenaron de lágrimas por una especie de emoción que explota en el pecho, esboza una especie de sonrisa y empieza a susurrar el texto de su obra. Ahora lo recuerda.

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